A lo largo de la vida vamos tejiendo deseos, imaginando caminos y esperando ciertos encuentros, ciertos giros, ciertas formas de amor y de destino. Vivimos, en gran medida, proyectando hacia el futuro aquello que anhelamos. Por eso, cuando la realidad no responde como esperábamos, cuando alguien se va o un vínculo se rompe, no solo aparece el dolor: aparece también la desilusión, esa herida silenciosa que nace entre lo que soñamos y lo que finalmente sucede.
Con frecuencia, la mente humana tiende a dividirlo todo en dos extremos: bueno o malo, salud o enfermedad, éxito o fracaso. Sin embargo, la experiencia humana rara vez cabe entera en esas categorías. No todo sufrimiento es patología, ni todo abatimiento es enfermedad. Muchas veces, lo que sentimos es simplemente tristeza, duelo, cansancio del alma, o la pena profunda de ver caer una ilusión.
Hoy no resulta extraño que, ante una ruptura amorosa, muchas personas digan sentirse “deprimidas”. Y aunque la depresión clínica existe y merece ser atendida con seriedad, también es importante no confundirla con el dolor natural que acompaña a la pérdida. No todo desgarro emocional necesita ser leído como un trastorno; a veces, lo que ocurre es que hemos amado, hemos esperado, y ahora necesitamos tiempo para aceptar que aquello no fue como imaginábamos.
Desde el counselling, este dolor no se niega ni se corrige con prisa. Se escucha. Se acompaña. Se valida. Porque la tristeza también tiene su sabiduría: nos obliga a detenernos, a mirar de frente lo vivido y a reconocer que perder una ilusión también forma parte de crecer. En ese sentido, el counselling no busca etiquetar la herida, sino darle un lugar humano, comprensible y digno.
Enamorarse es abrirse a una promesa. Mientras dura, la vida parece adquirir una luz distinta. Pero cuando el vínculo termina, no solo se pierde a una persona: a veces se pierde también la imagen de futuro que habíamos construido con ella. Y entonces surge esa nostalgia particular, la de lo que no fue, la de lo que pudo haber sido y no llegó a ser. Ese dolor no es una anomalía; es, muchas veces, la expresión más honesta de nuestra capacidad de sentir.
Sin embargo, a veces la mirada dominante de la medicina tiende a convertir en enfermedad aquello que, en realidad, forma parte del dolor de vivir. Cuando una persona acude al centro de salud diciendo que se siente rota, triste o vacía, no siempre está enferma: quizá está herida, decepcionada o atravesando un duelo emocional. Y, aun así, el modo en que se le nombra puede influir profundamente en cómo se comprende a sí misma. En esto se parece al efecto Pigmalión: aquello que se espera de alguien acaba moldeando, en buena medida, su manera de sentirse y de actuar. Si a una persona se le mira como enferma, puede terminar sintiéndose así; si se la mira con confianza, escucha y humanidad, también puede encontrar en sí misma recursos que no sabía que tenía.
La madurez psicológica nace al afrontar la pérdida de las propias ilusiones, pues la desilusión permite una comprensión más lúcida de la realidad y de uno mismo. Como dice una sabia amiga sanitaria, existen relaciones puente: vínculos que no están destinados a durar para siempre, sino a ayudarnos a cruzar hacia una versión más consciente de nosotros mismos.
El verdadero cambio ocurre cuando el individuo integra sus luces y sombras, ya que aquello que no se acepta termina por manifestarse y condicionar su destino.
La madurez emocional también implica comprender el valor del perdón. Como afirmaba Facundo Cabral: «Perdona a todos y perdónate a ti mismo. No hay liberación más grande que el perdón. No hay nada como vivir sin enemigos. Nada peor para la cabeza, y por lo tanto para el cuerpo, que el miedo, la culpa, el resentimiento y la crítica, que te hace juez y cómplice de lo que te disgusta».
Este planteamiento pone de manifiesto que mantener el rencor y el resentimiento solo prolonga el malestar emocional. En cambio, perdonar no implica aprobar ni olvidar las heridas sufridas, sino desprenderse del peso emocional que estas generan. Tanto el perdón hacia los demás como el perdón hacia uno mismo representan una muestra de madurez y fortaleza interior, ya que favorecen la reconciliación con la propia historia, el bienestar emocional y la capacidad de afrontar el futuro con mayor equilibrio y aprendizaje.
Como señala Juan Miguel Zunzunegui en Hernán Cortés. Encuentro y conquista:
«Tanto entre los individuos como en las naciones es imposible llegar al futuro sin haber soltado los traumas del pasado; no se puede ser libre mientras las historias en nuestra mente sigan determinando nuestras acciones y reacciones; y no se puede llegar a las alturas sin haber sanado nuestras raíces»
Desde la perspectiva del counselling, esta cita destaca la importancia de reconocer y elaborar las experiencias dolorosas del pasado para evitar que continúen condicionando el presente. El crecimiento personal y la autonomía surgen cuando la persona integra su historia, sana sus heridas emocionales y desarrolla una visión más consciente y libre de sí misma.
En definitiva, la desilusión no es una enfermedad, sino la consecuencia natural de descubrir la realidad tal como es y no como imaginábamos que sería. Aunque duele, también puede convertirse en una oportunidad para crecer, madurar y desarrollar una comprensión más profunda de nosotros mismos.
La tristeza, la pérdida y la decepción forman parte de la vida; lo importante es cómo las integramos en nuestra historia. Cuando este proceso resulta difícil, el counselling ofrece un espacio de escucha y acompañamiento profesional que ayuda a transformar el sufrimiento en aprendizaje y la desilusión en una nueva forma de avanzar.
Como decía un profesor de la facultad: «No se trata de olvidar, sino de recordar sin dolor».
David Tejero Saura.